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Testimonios

Conocí a un hombre que sabía amar

Marlies Kücking, filóloga, Alemania

6 de octubre de 2002

Etiquetas: Amor de Dios, Apostolado, Evangelio, Jesucristo, Vida interior
“En los años que han transcurrido desde su dies natalis, el 26 de junio de 1975, muchas personas se habrán preguntado por el «secreto» de su vida: ¿por qué arrastraba tanto? ¿por qué despertaba en las personas que le escuchaban, que leían y leen sus escritos, deseos de volver a Dios, de tratarle como a un Padre, como a un Amigo, como al Amor..., de acercarle almas? Sólo cabe una respuesta, san Josemaría Escrivá arrastraba, ciertamente, por la personalidad fuerte que sin duda tenía, pero mucho más por el amor de Dios que llenaba su vida.”
Es el testimonio de Marlies Kücking -que forma parte del gobierno central de la Prelatura desde 1964- en un artículo publicado en “L’Osservatore Romano” con motivo de la canonización.

He tenido la enorme fortuna de trabajar muchos años junto a quien desde hoy será san Josemaría Escrivá de Balaguer, y he sido testigo de este amor, de su plena adhesión y fidelidad a la Iglesia y al Santo Padre, del cariño a sus hijos y a todas las almas, de su laboriosidad incansable y de su esfuerzo constante por vivir las virtudes cristianas.

La entera existencia de san Josemaría estaba centrada en Jesucristo, el gran amor de su vida. En sus últimos años solía exclamar con el salmista: “¡Buscaré, Señor, tu rostro!”, “Vultum tuum, Domine, requiram!” (cfr. Sal 27,8). Ansiaba ver el rostro del Señor. Y junto a ese querer, diría que precisamente por su causa, amaba a todos los hombres con pasión, y de modo particular a sus hijos: era un sacerdote que sabía querer, con un querer sobrenatural y humano al mismo tiempo. Su presencia y sus palabras arrastraban hacia Dios y, a la vez, lograban que las personas se encontrasen a gusto: se estaba muy bien a su lado y se palpaba que compartía con un interés auténtico todo: la salud física y espiritual, la tarea profesional, amistades, la familia, las alegrías y pesares...

En la homilía “Con la fuerza del amor” (“Amigos de Dios”), haciendo suyas las palabras de San Juan: “El celo de tu casa me consume” (cfr. Jn 2,17), resalta que le consume el hambre de que se salve la humanidad entera. El Señor ha querido el Opus Dei para reavivar entre los cristianos comunes, hombres y mujeres que pueblan la tierra y forman con sus iguales el tejido de la sociedad, el eco de la llamada a la santidad. Cualquier ocupación humana honesta -el trabajo ordinario, desempeñado en el mundo de manera laical y secular-, se puede convertir en servicio a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a todas las almas.

La universalidad de los horizontes apostólicos de Josemaría Escrivá, consecuencia del carisma fundacional y de su propia correspondencia a la gracia, encuentra su punto de referencia esencial en las páginas del Evangelio: en el ejemplo y la doctrina del Señor. Con mucha frecuencia estaba en sus labios, como previamente en su oración, la descripción de esta o aquella escena evangélica que pone de manifiesto el inmenso amor del Salvador a todos los hombres. “No es posible separar en Cristo su ser de Dios-Hombre y su función de Redentor”, escribe en Es Cristo que pasa, y continúa: “El Verbo se hizo carne y vino a la tierra ut omnes homines salvi fiant” (cfr. 1 Tim 2, 4), para salvar a todos los hombres. Nuestro Señor ha venido a traer la paz, la buena nueva, la vida, a todos los hombres. No sólo a los ricos, ni sólo a los pobres. No sólo a los sabios, ni sólo a los ingenuos. A todos. A los hermanos, que hermanos somos, pues somos hijos de un mismo Padre Dios. No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios. No hay más que un color: el color de los hijos de Dios. Y no hay más que una lengua: ésa que habla al corazón y a la cabeza, sin ruido de palabras, pero dándonos a conocer a Dios y haciendo que nos amemos los unos a los otros».

Su mensaje se dirigía y se dirige a todos, sin ningún tipo de discriminación: raza, nacionalidad, religión, clase social. Le urgía que el anuncio de la llamada universal a la santidad que difunde el Opus Dei llegase al mayor número de almas. Muchas naciones saben de su caminar por las calles de las grandes metrópolis -Londres, París, Lisboa, Roma, Munich, Dublín...- y de pequeñas aldeas sin fin. Tantas veces solía comentar que había llenado de avemarías las carreteras de Europa. Pero el itinerario más importante lo emprendía diariamente en su oración encendida junto al Santísimo Sacramento, presentando al Señor su sed de almas, los afanes apostólicos de sus hijas e hijos en todos los países.

Cuando se retiraba por la noche y antes de conciliar el sueño, repasaba con la imaginación el mapa mundi, empezando por Oriente y adorando al Señor en los sagrarios del mundo: los que conocía, porque estaban en centros del Opus Dei, y los que no conocía.

Su Santidad Juan Pablo II canoniza hoy a Josemaría Escrivá de Balaguer. Siempre que la Iglesia eleva a los altares a un hijo o hija suya, presenta a sus fieles un ejemplo vivo. Es como si dijera a cada uno: “Sí, ¡tú también puedes!” Por eso, junto al agradecimiento enorme al Santo Padre y a la Iglesia, deseo acabar estas líneas con una petición encendida al nuevo Santo para que nos ayude a tener su afán de almas, a saber entregarnos a los hombres y mujeres con quienes convivimos y así hacer llegar al mundo el mensaje de la paz y alegría de Cristo.