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Testimonios

Comprobé que Dios no se deja ganar en generosidad

Alvaro Vidal, responsable del área informática en un almacén mayorista, Uruguay

1 de enero de 2002

Etiquetas: Generosidad, Hijos, Viajes de catequesis Trabajo en un almacén al por mayor, me encargo de área de informática y tesorería. Compagino esta actividad con la de ser padre de familia, tras 25 años de matrimonio tenemos 10 hijos -siete mujeres y tres varones, el más pequeño con 5 años. La mayor de mis hijas está casada y ya soy abuelo. Tengo también un buen “lote” de hermanos, 11 varones –un equipo de fútbol entero, todos de Peñarol– y una mujer.

Mi padre siempre trabajó mucho y se privó de muchas cosas por el bien de sus hijos. Por ejemplo, cuando el Fundador del Opus Dei visitó Argentina en 1974, mis padres decidieron vender todos los sanitarios nuevos que habían comprado para reciclar los baños. Con ese dinero viajó toda la familia en el Vapor de la Carrera a Buenos Aires.

Hasta entonces conocía poca cosa del Opus Dei. Algo me había comentado uno de mis hermanos mayor que iba por una residencia universitaria y yo alguna vez había ido a un club juvenil donde teníamos distintas actividades. Sí recuerdo con claridad los encuentros del Fundador con mucha gente en Buenos Aires y en particular uno que tuvo con mi familia, donde nos dio la bendición a mis padres y a todos nosotros.

A la vuelta a Montevideo no seguí en contacto con el Opus Dei. En 1976 empecé a trabajar como cajero en el Mercado Modelo: me tenía que levantar a las dos de la mañana, ya que a las cuatro había que tener la caja abierta. En esa época me había echado novia y la verdad es que dormía poco. Eso ya me había producido algunas diferencias en la caja y un día le dije a mi jefe que iba a dejar ese trabajo porque no lo estaba haciendo bien y no me servía. Pero él me dijo que si quería me trasladaba a la casa central, en La Teja, donde podría hacer otro horario. Allí conocí a un contador que es del Opus Dei y me quedé trabajando con él. Poco a poco me fue comentando cosas de la Obra y allí empecé a asistir a medios de formación.

Lo que más me impresionó era el mensaje de que todos estábamos llamados a la santidad. Fue lo que más me llamó la atención pero, al mismo tiempo, era algo fuerte porque exigía algo a cambio. Me di cuenta de que si otros eran capaces, yo al menos podía hacer el esfuerzo. Sabía que me costaría, pero me entusiasmaba.

Ya casado, y con dos hijas, pedí la admisión en el Opus Dei. Desde chico había pensado en tener muchos hijos. Era uno de los temas que me preocupaban. El otro era cómo darles una buena formación. Creo que Dios nos arregló las cosas a mi señora y a mí para que ambas cosas fueran compatibles: el hecho de que fueran seis mujeres las primeras hijas nos resolvió mucho. No quiero ni pensar lo que hubiese sido si fuesen seis varones. Muchos me decían que yo seguía teniendo hijos porque buscaba el varón pero, fuera de broma, eso a nosotros nos ayudó mucho porque las chicas pudieron ayudar en las tareas de la casa y mi mujer pudo seguir trabajando. Además después llegó el varón y seguimos teniendo hijos.

Vivimos durante 10 años en un apartamento de 51 metros cuadrados, con 3 dormitorios, y allí llegamos a vivir mi mujer y yo con nueve hijos. Era tal la cantidad, que en los cumpleaños teníamos que desarmar nuestro dormitorio porque no entraban todos. Levantábamos la cama para hacer espacio. Cuando ya no teníamos más lugar material, recurrimos todos –nosotros y nuestros hijos– a la intercesión de San Josemaría Escrivá para que nos solucionara el tema de la casa. Le rezamos mucho tiempo y al final salió una nueva casa como regalo del cielo. Habíamos comprado el apartamento por el Banco Hipotecario y estábamos pagando las cuotas. Vendimos el apartamento sin deudas pero pasamos la deuda a lo que compráramos.

Para realizar ese paso teníamos tres meses y, cuando faltaban 15 días, apareció esta casa que ni a mi mujer ni a mí nos gustaba. La fuimos a ver cuatro veces, mientras incrementábamos las oraciones de la estampa de la devoción privada al Fundador del Opus Dei. La cuarta vez que fuimos iba a decir que no nos interesaba y no encontré mejor fórmula que planteárselo diciéndole que le pagábamos 10.000 dólares menos. Para mi sorpresa me dijo que aceptaba. Y yo le dije: “piénselo”… Y bueno, no tuvimos otro remedio y la verdad es que fue un acierto. Estaba muy venida a menos y ahora estamos encantados. Y por la plata que pagamos es imposible conseguir una casa así. Además una de las cosas que pedíamos cuando le rezábamos a San Josemaría es que la casa tuviese una iglesia cerca, porque como no teníamos auto es muy difícil trasladarnos para ir a Misa. Y, cosa increíble, la casa tiene en la esquina un convento donde hay Misa todos los días y otra iglesia a tres cuadras.

No voy a decir que tener una familia numerosa sea fácil. Exige mucho sacrificio y dejar muchas cosas, pero estoy convencido de que se puede y que vale la pena. Para eso me sirve mucho ver la vida del Fundador del Opus Dei. Una de las cosas que más me impresionan es su fidelidad a todo lo que Dios le pedía, cómo respondía enseguida sin aflojar en nada.

Otro aspecto que me sorprende y me ayuda mucho es el cariño que siempre tuvo hacia los demás, hacia sus hijos, en la forma de hablar, de explicar, de estar en cada detalle. Cada vez que veo la filmación de los encuentros del Fundador con sus hijos me emociono porque me doy cuenta lo mucho que Josemaría Escrivá quería. Pensar en todo lo que él hizo, que muchas veces hacía cosas sin ganas, cansado, me sirve para ponerme en su lugar y seguir adelante cuando me entran las ganas de aflojar en algo, de no hacer las cosas como las tengo que hacer.

También el Fundador de la Obra me ayudó mucho en la vida de familia. Por mi carácter hay muchas cosas que –aunque me falta mucho– voy intentando limar. Por ejemplo, siempre me gustó lo que San Josemaría decía de tener un hogar luminoso y alegre. También lo de ser el primero en pedir perdón, tanto en el matrimonio como con los hijos. Aunque me resulta difícil, trato de pedir perdón porque es un tema que me cuesta especialmente.

Es verdad que, a medida que íbamos teniendo hijos, había gente que nos decía que era una barbaridad, una inconsciencia. Yo creo que a veces lo dicen para justificarse. Lo que sí veo clarísimo es que nosotros no sentimos la necesidad de tener cosas de las cuales se puede prescindir. Uno se olvida muy rápido de las dificultades que pasan. Lo que queda es lo otro, los hijos, las alegrías. Las necesidades que pasamos nos ayudan también para la formación de los hijos.

El Fundador del Opus Dei nos enseñó a que, sin dejar de poner los medios, tengamos confianza en Dios y que Dios no se deja ganar en generosidad. Ahora estamos haciendo un esfuerzo muy grande por la educación de nuestros hijos, privándonos de muchas cosas, pero estamos más que seguros, porque ya lo hemos verificado, que vale la pena. Muchas veces me siento un privilegiado de Dios por todo lo recibido. Son tantas las veces que veo gente mejor que yo, con más virtudes, que sin embargo no han recibido de Dios todo lo que yo he recibido. Soy muy consciente de eso.

También a veces me dicen que en el Opus Dei son todos de la élite, y yo nunca me sentí con problemas por no tener bienes económicos, ni me sentí incómodo porque siempre vi gente de todo tipo y clase. Quizá le cueste más a uno que tiene mucho, dar lo que tiene, que a mí que tengo poco y nada. Veo en el Opus Dei mucha gente muy generosa que se desvive por los demás y podría estar, por su posición económica, muy en otra. Tal vez si fuera de una familia con plata, a estas alturas vaya uno a saber dónde estaría. Dios sabe cómo hace las cosas.
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