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Relatos biográficos

Cómo vivía el Fundador del Opus Dei el sacramento de la Penitencia

Javier Echevarría

Etiquetas: Confesión Sacramental, Contrición, Humildad, Javier Echevarría
Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, relata sus recuerdos sobre el fundador del Opus Dei, en el libro Memoria del beato Josemaría Escrivá. Refiere, entre otros temas, cómo la meditación de la Cruz fomentaba en el alma de Mons. Escrivá de Balaguer la contrición, y el espíritu de desagravio, que culmina en la práctica del sacramento de la Penitencia.


Con distintos matices y en muy diferentes ocasiones, certificaba: "lo que mancha a un niño de ocho años, mancha también a un hombre de ochenta". Daba a entender claramente que ni la edad, ni el tiempo, ni las circunstancias, justifican holguras en la lucha personal por vivir cara a Dios.

Fue muy poderosa en su vida la idea de que cada uno de nosotros, como dice el Apóstol, somos templos de Dios; el 20 de noviembre de 1972, anoté: "en vuestro corazón sois como un Sagrario en el que el Señor ha querido refugiarse. El Señor nos ama con su Amor infinito, nos ama mucho; y de nuestra parte espera amor, desagravio, por nuestras faltas personales de correspondencia y por las de todos los hombres. Cuando hay amor de verdad, no hay zafiedad; lo zafio y lo sucio suponen desamor; lo zafio es desahogo de cuartel".

Recuerdo a este propósito que un día de 1958, a las nueve y cuarto de la mañana, un médico, miembro del Opus Dei, le tomó la presión arterial: "está usted perfectamente bien. Tiene una presión de libro". Con naturalidad, contestó: "no puede ser de otra manera, he hecho ya muchos actos de desagravio. ¡Recomiéndalo a los enfermos, que es la mejor medicina!, porque, además de pedir perdón por nuestra indignidad, nos acerca más y más al Señor, a su misericordia que siempre nos acoge". Bromeaba que aprendiéramos de los italianos cuando afirman, respecto a las tazas de café, que hay que tomar no menos de tres y no más de treinta y tres: "los actos de contrición, además de que no pueden ser menos de esa segunda cifra que os he señalado, ¡tienen que ser muchísimos más!, ¡cuantos más mejor!"

A la vez que nos urgía a apartarnos de todo lo que nos separase de Dios, no dejaba también de presentarnos la realidad de que cada uno es un pobre pecador, que no puede llenarse de soberbia porque haya hecho algo más o menos bien. Un día de 1969, después de hablarnos del optimismo proveniente de la amistad con Dios, añadía: "mientras rectifiquemos y pidamos perdón, estaremos bien seguros. Cada día nos ofrece la posibilidad, no de una conversión, ¡sino de muchas conversiones! Mirad: cada vez que rectifiquéis y, ante una cosa que comprendéis que no va —¡aunque no sea pecado!—, si procuráis divinizar más vuestra vida, habéis hecho una conversión".

Mientras rectifiquemos y pidamos perdón, estaremos bien seguros. Cada día nos ofrece la posibilidad, no de una conversión, ¡sino de muchas conversiones!
Acudía con puntualidad al sacramento de la Penitencia. Era de tal finura de conciencia, que no dudaba en recurrir —sin escrúpulos— más de una vez a la Confesión durante la semana, cuando lo consideraba necesario para responder a las continuas urgencias de la gracia. He podido comprobar su alegría después de recibir ese Sacramento. Muchas veces, en público y en privado, ponderaba su grandeza.

Cuando era aún niño, rezaba el "Señor mío Jesucristo". Sabía que debía pedir perdón por sus faltas y ponía todo su esfuerzo infantil para recitar esa oración con piedad. Al llegar a las palabras "me propongo la enmienda de nunca más pecar", confundía "enmienda" con "almendra"; y añadía que las almendras le gustaban mucho: "por lo tanto, qué cosa más lógica que dar algo que me gustaba mucho por el propósito de no pecar nunca más, porque verdaderamente mis padres me enseñaron a no querer ofender nunca al Señor, y esa insistencia caló ya entonces en mi alma".

A propósito de esto, nos decía en 1968: "no lo olvidéis, hijos míos: en esa empresa divina que Dios nos ha confiado, el Señor "querrá", si vosotros queréis. Cuando el Señor nos ha perdonado los errores personales, no toleréis remordimientos que quiten la paz, porque sería una falta de amor, una falta de fe en el Sacramento de la Penitencia y una señal clara de soberbia. ¿Dolor por no haber amado? ¡Sí!, pero no revolváis en la miseria, que Dios ha olvidado ya, espera vuestra nueva respuesta con un nuevo amor".

Aconsejaba, en fin, el trato con la Virgen para aumentar la contrición por las miserias de nuestra vida. En 1962, nos exhortaba: "confiad en el Señor, que nunca nos abandona, si nosotros no le dejamos. No os sintáis nunca vencidos, aunque hayáis perdido algunas batallas. En este caso, todavía con más urgencia, hemos de volver siempre a Cristo, desde los brazos de la Virgen, con la seguridad de que entonces nuestros pasos van por el mejor camino".


Javier Echevarría Rodríguez y Salvador Bernal Fernández, Memoria del Beato Josemaría Escrivá, Rialp, Madrid 2000

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