Documentación
Relatos biográficos
“¿Cómo va esa Obra de Dios?”

San Josemaría en el año 1944
Octubre de 1928 – julio de 1930.
La Obra no había sido aún jurídicamente bautizada. De momento, a los ojos del Fundador, poco hacía al caso que aquella actividad no tuviera ni siquiera nombre propio. Se conocía genéricamente por “la Obra”, como podía haberse llamado “la labor” o “la misión”. Algo que indicara una tarea, una dedicación, un proyecto de trabajo apostólico, algo que evocase la idea de una oración que de la tierra se elevaba a Dios para alabanza de su nombre. Lo importante para don Josemaría era que estaba poniendo en práctica el mensaje central de la Obra, que ya acudían a su lado, o más bien salía él al encuentro, de gentes de toda condición y oficio, para anunciarles gradualmente la buena nueva. No importaba que se tratase de un puñado de almas, porque de ese pequeño grupo crecería con el tiempo una empresa vigorosa y universal. En aquella semilla se contenía el árbol del futuro.
No es de extrañar su silencio, conociendo la repugnancia de don Josemaría a todo lo que significara ostentación, de acuerdo con su ocultarse y desaparecer. Él mismo nos lo explica:
Yo no puse a la Obra ningún nombre. Hubiera deseado, de ser posible —no lo era—, que no hubiera tenido nombre, ni personalidad jurídica [...]. Mientras, llamábamos a nuestra labor sencillamente así: “La Obra”.
Esta expresión genérica satisfacía la humildad del Fundador, que esperaba que el Señor, a su debido tiempo, le daría nombre apropiado. En cualquier caso, su idea acerca del nombre era que tenía que responder a dos características particulares. En primer lugar, que no hiciera referencia alguna a su persona, que no fuese vinculado al “Escrivá”. Y, luego, que no admitiese apelativos derivados para sus miembros, que eran y deberían ser siempre fieles cristianos corrientes. La solución, pues, sería hallar un nombre abstracto. Sin nombre específico estuvo la Obra durante largo tiempo.
Aunque don Josemaría había explayado su conciencia anteriormente con algunos confesores, andaba por entonces sin director espiritual. No tenía, por tanto —nos dice—, a quien abrir el alma y comunicar en el fuero de la conciencia aquelloque Jesús me había pedido. Así las cosas, oyendo comentar en el Patronato que el padre Sánchez atendía muy bien a sus penitentes, una mañana de primeros de julio de 1930 se fue a la residencia de la calle de la Flor a pedir al jesuita que se encargase de su dirección espiritual:
Entonces, despacio, comuniqué la Obra y mi alma. Los dos vimos en todo la mano de Dios. Quedamos en que yo le llevara unas cuartillas —un paquete de octavillas, era—, en las que tenía anotados los detalles de toda la labor. Se las llevé. El P. Sánchez se fue a Chamartín un par de semanas. Al volver, me dijo que la obra era de Dios y que no tenía inconveniente en ser mi confesor.
A partir de ese momento, finales de julio de 1930, don Josemaría se entrevistó periódicamente con su nuevo director espiritual para tratar, no los temas de la fundación, sino lo concerniente a su alma...
Pero volvamos al nombre de nuestra Obra —rememora el Fundador—. Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al fi¬nal me preguntó: “¿cómo va esa Obra de Dios?” Ya en la calle, comencé a pensar: “Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!” Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei.
Ese nombre se ajustaba admirablemente a la Obra, uno de cuyos rasgos esenciales es la santificación del trabajo. Compendiaba dicho nombre la Teología de la santificación del trabajo, con todas las consideraciones que de ahí se derivan: dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo, posibilidad de un encuentro personal con Cristo en nuestra tarea diaria; el trabajo, como instrumento de apostolado y corredención; el esfuerzo y actividades humanas hechas oración y sacrificio que la humanidad ofrece al Creador: Deo omnis gloria; la divinización del trabajo, en fin, que transforma a los hijos de Dios en almas contemplativas.
Había dado con el nombre preciso, que tenía la ventaja, dentro de su significado, de ser un nombre abstracto, para que no se pudiera sacar un apelativo común para los socios de la Obra. No atinaba antes con tal nombre, a pesar de que, en realidad, lo venía usando de mucho atrás. Pero, ¿no estaba acaso repitiendo el padre Sánchez lo que leyó en las cuartillas que don Josemaría le entregó en julio?
Así fue, porque en una de las notas acerca de la fundación —probablemente de finales de marzo; pero, de todos modos, anterior a junio de 1930— se lee: no se trata de una obra mía, sino de la Obra de Dios.
El relato citado sobre la pregunta de su confesor está escrito en 1948, cuando don Josemaría trató de rehacer fuentes históricas perdidas (perdidas porque les prendió fuego). Es evidente que en tal ocasión no consultó los Apuntes que se salvaron, es decir, los posteriores a marzo de 1930. Porque, de haberlo hecho, se encontraría con una anotación suya fechada el 9 XII 1930, en la que se lee:
La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? Y voy a contestarme por escrito [...]. Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó “la Obra de Dios”.
Entonces —y sólo entonces— me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios.
El nombre le venía ofrecido, no por su confesor sino por Dios a través de su confesor. De hecho, como dice claramente en esta anotación, había sido estampado con anterioridad a las fechas en que por vez primera mostró sus apuntes al padre Sánchez. El Fundador había escrito el nombre de la Obra sobre el papel, sin percatarse en todo su alcance de lo que estaba escribiendo.
Está claro que, aunque algunas veces usase ese nombre para referirse a su empresa apostólica, en realidad el nombre Obra de Dios —Opus Dei— no estaba acuñado como tal. En su significado más hondo era una denominación atrevida y ambiciosa, por cuanto delataba que no era creación de hombres. Don Josemaría no lo utilizó, ya que en su boca, de acuerdo con su ocultarse y desaparecer, la expresión resultaría presuntuosa. Tal vez esperase una señal externa, que vino cuando el Señor lo refrendó por medio del padre Sánchez. Un dato más para tener presente que la Obra era cosa de Dios y no invención suya. El Fundador de la Obra se veía como un instrumento que Dios humillaba de cuando en cuando, para que no olvidase que las ideas le venían inspiradas de lo alto y no eran exclusivamente de su propia cosecha.
El nombre Opus Dei unía a la esencia de la Obra —la santificación del trabajo— el origen divino de su institución.
Del Libro El Fundador del Opus Dei, tomo I, Madrid, 1999, cap. VI
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