PortadaDocumentaciónHomilías sobre el fundador del Opus DeiCard. Martínez Somalo. Roma, 8 de octubre de 2002
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Homilías

Card. Martínez Somalo. Roma, 8 de octubre de 2002

Card. Martínez Somalo

Etiquetas: Canonización
Hemos comenzado esta celebración eucarística de agradecimiento al Señor por la canonización de san Josemaría Escrivá con un Salmo de alabanza: Lauda, Ierusalem, Dominum! lauda Deum tuum, Sion! (Ps 147, 12). Nuestros corazones se dirigen a Dios que ha hecho tantas maravillas, para reconocer su grandeza, su bondad, no sólo en las obras de la Creación, sino principalmente por su acción salvadora en toda la tierra, tal como se manifiesta de forma tan expresiva en la vida de los santos, y hoy de modo particular en la de san Josemaría.

Algunos hemos tenido la suerte de conocer y tratar al nuevo Santo y de percibir de manera inmediata, junto con su cordialidad y su simpatía, el amor a la Iglesia y el afán apostólico que llenaban por completo su alma y su existencia. A bastantes de los aquí presentes nos son familiares los lugares. en los que la Providencia de Dios fue depositando la semilla que germinó y dio frutos de manera tan abundante. Logroño: Santa María de la Redonda, las huellas sobre la nieve de unos pies descalzos que removieron tan profundamente su alma, el Pilar y el Seminario de San Carlos de Zaragoza; Cataluña, Madrid y esta Roma que amó porque es la sede del Papa, del dolce Cristo in terra, como le gustaba repetir con palabras de Santa Catalina de Siena.

En un horizonte que se caracteriza por el relativismo del pensamiento imperante, los santos contemporáneos aparecen como testigos de la fe en la perenne actualidad del Evangelio. Son un modelo acabado de las ansias de unión con Dios que siempre está presente en el corazón del hombre.

Como ha dicho Juan Pablo II en su Carta Novo Millennio Ineunte, "¿No es acaso un «signo de los tiempos» el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?

San Josemaría Escrivá, como todos los santos a lo largo de la Historia, ha vivido de la oración y de la gracia sacramental, unido a la cepa de la vid, que es Cristo. Hoy, cuando la Iglesia recuerda de un modo nuevo que también los laicos están llamados a una santidad transformadora de la sociedad, san Josemaría nos alumbra el camino hacia Dios con su ejemplo y sus palabras de compromiso en la fe y en el amor.

La Iglesia tiene una misión urgente para volver a levantar el signo del verdadero amor y la verdadera libertad del hombre; esa libertad que Cristo mismo nos ha conseguido; el signo de la fe y entrega de Cristo en la Cruz, sin la cual no hay verdadera liberación, como recordaba san Josemaría.

Todos los cristianos, por el hecho sublime de nuestra vocación bautismal,, estamos empeñados en la tarea evangelizadora; el Santo Padre nos lo recuerda con un mensaje esperanzador que se sintetiza en el Evangelio que acabamos de leer: Duc in altum! (Lc 5, 4). ¡Rema mar adentro!, rema hacia la profundidad de este mundo, que "no es malo, porque ha salido de las manos de Dios", decía san Josemaría pero que debe volver de nuevo a Cristo para que alcance su plenitud de ser y sentido. Es ahí, en la actividad cotidiana, donde nos espera el Señor, desde donde Cristo quiere reinar.

Es preciso lanzarse mar adentro en este océano de la vida contemporánea, con quiebras pero también con enormes posibilidades, en el marco de esta civilización que está naciendo y que tiene que ser, lo ha dicho innumerables veces el Papa, una civilización del amor. Por eso se presenta con particular fuerza la luz sobrenatural recibida por san Josemaría para difundir la santidad en medio del mundo; pues allí, donde nace el mismo curso de la historia, será posible una conversión profunda de la sociedad hacia Dios, cuando todos los cristianos cobren conciencia de la importancia de este cometido para llevar todas las cosas a Dios: "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres" , así resumía nuestro santo el esfuerzo santificador y redentor de los cristianos.

"Ser santos en medio del mundo" sintetiza la iluminación divina que recibió san Josemaría el 2 de octubre de 1928: "Un secreto. Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres «suyos» en cada actividad humana. Después... pax Christi in regno Christi, la paz de Cristo en el reino de Cristo".

En la vocación cristiana a la santidad a que hemos sido llamados y sellados por el Bautismo, Dios nos ha puesto en el camino de llegar a ser conformes a la imagen de Cristo. Es el mismo sentido de las palabras de san Pablo a los Romanos: "Porque a los que de antemano conoció también los predestinó para que lleguen a ser conformes a la imagen de su Hijo, a fin de que él fuese primogénito entre muchos hermanos". Alter Christus, ipse Christus, decía san Josemaría, porque el cristiano, aún viviendo en medio del mundo, está capacitado por la gracia divina de su vocación a ser otro Cristo, otro ungido por el Espíritu, que pase haciendo el bien entre sus hermanos los hombres.

La santidad es una llamada apremiante en la vida de la Iglesia. Como nos exhortaba el Papa Juan Pablo II: "Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este 'nivel alto' de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección".

Gracias a que "se han abierto los caminos divinos de la tierra" , como gustaba decir a san Josemaría; gracias al surco fecundo que han abierto los santos, tantos cristianos, a lo largo de los siglos, han seguido el camino que asciende por la "senda de la contemplación", hacia la unión con el Señor.

Es necesario que nos tomemos renovadamente en serio esta enseñanza de nuestro Santo, que preanuncia con sobrenatural inspiración la doctrina proclamada por el Concilio Vaticano II. San Josemaría ha sabido ilustrar con la palabra y el ejemplo de su vida, la posibilidad de descubrir que todo lo "aparentemente tan común, tiene un valor divino; es algo que interesa a Dios". Se puede decir que "Cristo quiere encarnarse en nuestro quehacer, animar desde dentro hasta las acciones más humildes". Vivir el mundo material en clave de santidad, como el escenario del continuo actuar, en la tierra, a lo divino, con sentido de eternidad.

Por este motivo, en el descubrimiento del peculiar valor sobrenatural de las circunstancias temporales del hombre en la tierra, cobra importancia el sentido santificante y santificador del trabajo desde la perspectiva del espíritu que suscitan y promueven los fieles de la Prelatura del Opus De¡, sacerdotes y laicos, en cooperación orgánica. Bien vivido, por amor a Dios, y a la vez con perfección humana, el trabajo es operatio Dei: "Santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo", según la conocida expresión de san Josemaría. Es el "quicio" de la santidad , el apoyo alrededor del cual gira el amor del hombre hacia Dios.

¡Queridos hermanos! Es la hora de la santidad en lo ordinario de todos los días. De oración y contemplación con Dios del, ama de casa, de los trabajadores de la fábrica, del campesino, del ingeniero, del doctor, del literato, del profesional. De todos demanda amor nuestro Dios, a todos quiere hacer santos, porque basta con abrir el corazón a la gracia y que sea Dios quien lleve la iniciativa en nuestras vidas. Y, como manifestación necesaria de ese deseo de santidad, el apostolado, porque no es posible amar a Dios y no pensar continuamente en el bien del prójimo.

Renovemos nuestra acción de gracias a Dios por el don de la vida santa de san Josemaría, y de sus enseñanzas. Gracias al Sumo Pontífice, nuestro queridísimo Juan Pablo II, por la canonización tan providencial. Gracias a nuestro entrañable san Josemaría porque con su vida de oración y de apostolado recorrió, ensanchó y consolidó "los caminos divinos de la tierra". Ponemos nuestras intenciones y propósitos en el corazón de la Virgen Santísima a la que nuestro Santo tan tiernamente amó y enseñó a amar.