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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
Capellán de las las Damas Apostólicas
Por los años veinte, los hospitales de Madrid estaban abarrotados, y muchos enfermos pobres morían en sus casas sin apenas asistencia de ningún tipo. A su atención se dedicaban las Damas Apostólicas, con la ayuda de señoras y chicas jóvenes de Madrid que tenían inquietudes cristianas. La labor era difícil, sobre todo a partir de 1930, pues se exponían a ser insultadas, a ser expulsadas de las casas o de las calles, a sufrir el impacto de las blasfemias más retorcidas. Una de ellas no ha olvidado el susto que pasó, en el barrio de Ventas, cuando las acorralaron, para tratar de atemorizarlas y de que dejaran de ir por allí. Otra vez, en el barrio de Tetuán las arrastraron por la calle, mientras les clavaban una lanceta de zapatero en la cabeza; a una Dama Apostólica que intentó defender a las demás, le arrancaron el cabello y la maltrataron hasta dejarla desfigurada.
En este ambiente –testimonia Asunción Muñoz– “se nos hizo imprescindible nuestro Capellán (...). Yo era la más joven de la Fundación y tenía más resistencia para actuar de día o de noche (...). Nos acercábamos a las casas humildes de estos enfermos. Había, muchas veces, que legalizar su situación, casarlos, solucionar problemas sociales y morales urgentes. Ayudarles en muchos aspectos. Don Josemaría se ocupaba de todo, a cualquier hora, con constancia, con dedicación, sin la menor prisa, como quien está cumpliendo su vocación, su sagrado ministerio de amor.
“Así, con nuestro Capellán, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotras nos encargábamos de todo”.
Iban a los barrios extremos, hoy incorporados a Madrid, como Ventas, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Tetuán, Almenara o Cuatro Caminos. Se podía llegar en tranvía a comienzos de 1931. Pero, con frecuencia, desde donde terminaban las líneas, había luego que hacer varios kilómetros por caminos de barro, o campo a través, hasta llegar a las chabolas miserables en que vivían los enfermos.
Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero los demás días –atestigua una de aquellas mujeres– “iba en tranvía, o andando, como pudiera. A veces con mal tiempo, porque lo mismo se atendía a los enfermos en invierno que en verano”. María Luisa Zabaleta recalca que iban a todos los barrios extremos, lo mismo Vallecas que el barrio del Lucero o Magín Calvo. Y siempre, a todas partes, acudía don Josemaría: “era muy abnegado”. Josefina Santos añade otros nombres de Madrid: Paseo de Extremadura, Vallecas, Lavapiés, San Millán, Ribera del Manzanares.
En esos barrios extremos solían funcionar también las escuelas de las Damas Apostólicas. Algunos colegios tenían capilla, que era a veces la única en barriadas inmensas sin parroquia, como Usera. Las Damas Apostólicas se encontraban con la dificultad de conseguir sacerdotes que estuvieran dispuestos a colaborar con ellas: para decir Misa los días de fiesta, para predicar a los niños, para hablar con ellos y confesarlos. El celo apostólico de don Josemaría le llevaba a todos estos colegios. Lo corrobora Mons. Avelino Gómez Ledo: confesaba incansablemente a los niños y les enseñaba el catecismo, en aquella época de especial efervescencia anticlerical, que hacía que en algunos barrios “recibieran a los sacerdotes no solamente con frialdad, sino con hostilidad: en alguna ocasión le llegaron a apedrear”.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.

“Así, con nuestro Capellán, teníamos asegurada la asistencia en todo momento. Les administraba los Sacramentos y no teníamos que molestar a la Parroquia a horas intempestivas. Nosotras nos encargábamos de todo”.
Iban a los barrios extremos, hoy incorporados a Madrid, como Ventas, Pueblo Nuevo, Ciudad Lineal, Tetuán, Almenara o Cuatro Caminos. Se podía llegar en tranvía a comienzos de 1931. Pero, con frecuencia, desde donde terminaban las líneas, había luego que hacer varios kilómetros por caminos de barro, o campo a través, hasta llegar a las chabolas miserables en que vivían los enfermos.
Los jueves les llevaba la Comunión en un coche prestado. Pero los demás días –atestigua una de aquellas mujeres– “iba en tranvía, o andando, como pudiera. A veces con mal tiempo, porque lo mismo se atendía a los enfermos en invierno que en verano”. María Luisa Zabaleta recalca que iban a todos los barrios extremos, lo mismo Vallecas que el barrio del Lucero o Magín Calvo. Y siempre, a todas partes, acudía don Josemaría: “era muy abnegado”. Josefina Santos añade otros nombres de Madrid: Paseo de Extremadura, Vallecas, Lavapiés, San Millán, Ribera del Manzanares.
En esos barrios extremos solían funcionar también las escuelas de las Damas Apostólicas. Algunos colegios tenían capilla, que era a veces la única en barriadas inmensas sin parroquia, como Usera. Las Damas Apostólicas se encontraban con la dificultad de conseguir sacerdotes que estuvieran dispuestos a colaborar con ellas: para decir Misa los días de fiesta, para predicar a los niños, para hablar con ellos y confesarlos. El celo apostólico de don Josemaría le llevaba a todos estos colegios. Lo corrobora Mons. Avelino Gómez Ledo: confesaba incansablemente a los niños y les enseñaba el catecismo, en aquella época de especial efervescencia anticlerical, que hacía que en algunos barrios “recibieran a los sacerdotes no solamente con frialdad, sino con hostilidad: en alguna ocasión le llegaron a apedrear”.
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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Clases en la Academia Cicuéndez
- Capellán de las las Damas Apostólicas
- Millares de horas confesando niños
- Capellán de las Agustinas Recoletas del Monasterio de Santa Isabel
- Los enfermos más desamparados
- Don José María Somoano
- Todo lo tenía que hacer el Padre
- Trabajar con una sonrisa
- ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!
- Las pupilas que ha dilatado el amor
- Dios creó al hombre para trabajar
- El trabajo es enfermedad incurable para los del Opus Dei
- La santificación del trabajo
- Amar el propio trabajo profesional
- El ejemplo de Jesús en Nazareth
- La santidad no es cosa para privilegiados
- Como los primeros Cristianos
- Una verdadera mentalidad laical
- La materia prima
- Mujeres del Opus Dei
- 14 de febrero de 1930
- Dos borriquillos que tiran del mismo carro
- El inicio de la Sección femenina del Opus Dei
- María Ignacia García Escobar, la primera mujer del Opus Dei
- El cimiento del Opus Dei
- En la calle de Jorge Manrique
- La fundación del Opus Dei: hombres y mujeres
- La fundación del Opus Dei: La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz
- Todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración
- El 14 de febrero de 1943
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