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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

Ideas universales y concretas

Etiquetas: Iglesia, Jesucristo
Así sucedió, por ejemplo, con la Acción Católica Española, en la postguerra. Cuando en 1949 el Obispo de Madrid le pidió un sacerdote al Opus Dei para nombrarlo consiliario de la Juventud Universitaria de la Acción Católica madrileña, le dio varios nombres para que el Obispo eligiera. Debió costarle, porque eran aún muy pocos los sacerdotes del Opus Dei y abundantes las propias necesidades apostólicas. Pero lo que aquí nos interesa ahora es que, cuando comunicó a don Jesús Urteaga que iba a recibir ese encargo diocesano, le expresó –con toda claridad– su deseo terminante de que trabajase siguiendo el propio espíritu de la Acción Católica.

Idéntico consejo dio siempre a las personas de Acción Católica que acudieron a su dirección espiritual. Lo testimonió públicamente, en el diario ABC de Madrid, hacia 1964, Alfredo López, que había sido presidente de Acción Católica Española en 1953. Otro amigo, Manolo Aparici, “el inolvidable presidente y consiliario de la Juventud de Acción Católica”, le había presentado a don Josemaría en 1939. El público y reconocido testimonio de don Alfredo López concluía así: “De labios del Fundador del Opus Dei oí yo muchas veces a lo largo de los años en que le traté estas palabras: Ama mucho a la Acción Católica. Yo la amé y la serví y la sigo amando, es cierto, pero a la vez una inquietud se apodera de mí cuando esto recuerdo. Porque si yo hubiera cumplido los deberes de mis cargos, como Mons. Escrivá de Balaguer quería que los hubiese cumplido, mi aportación a la Acción Católica hubiera tenido una perfección que en ocasiones le faltó”.

Alfredo López había tenido ocasión de comprobar muy de cerca el corazón grande del Fundador del Opus Dei, su pecho “abierto de par en par para todo lo que es noble y limpio en la vida”. Pudo vislumbrar el único interés de su vida, la búsqueda de la santidad, “porque es un hombre que ama de veras a Jesucristo y está empeñado en llenar el mundo de este amor”. Y entre los de su propia familia, Alfredo López calibrará también que, para don Josemaría, todos los caminos llevan a Dios: “Con una comprensión tan certera de la vocación laical, tan amante de su propia vocación de sacerdote diocesano, sabía también comprender y amar la vocación, tan distinta, de los religiosos y descubrir sus señales en las almas que trataba, cuando Dios las quería fuera del mundo. Él bendijo y confirmó en tal camino a una hija mía, que sabía de memoria, de tanto leerlos, muchos trozos de Camino, y hoy es religiosa de la Asunción”.

Como reflejó el obispo dimisionario de Santander, en La Gaceta del Norte (Bilbao), “Monseñor Escrivá era un hombre de ideas al mismo tiempo universales y concretas. Vivió el evangelio, la 'letra del evangelio' y su espíritu. Amó a la Iglesia, a la obra de Cristo, a la institución, sin distinción de tiempos, a la Iglesia de Pablo VI, como a la de Juan XXIII, recibiendo con la misma veneración las enseñanzas del Concilio Vaticano, segundo o primero, como las del Concilio de Trento. Este espíritu eclesial se transparenta en todos sus escritos, en 'Camino', ruta segura de espiritualidad, como sobre todo en sus 'Homilías', (conde se desarrolla con amplitud la idea de la presencia constante de Cristo en su Iglesia, y de la Iglesia en el mundo, proyectando la verdad evangélica sobre el quehacer humano integral”.


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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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