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Amar con el trabajo

Pablo Cabellos

Etiquetas: Trabajo, Virtudes
Amar el trabajo es algo de tanto calado, es de tal densidad, que contiene una enorme fuerza transformadora de la sociedad. Si se sustituye el puro economicismo, la competitividad desmesurada, la infravaloración de determinadas profesiones, la desconsideración del trabajador, etc., por el amor en la tarea, el mundo cambiaría notablemente.

Existen ocasiones en las que una idea muy conocida golpea con fuerza nueva: es como una luz que se enciende, un nuevo Mediterráneo descubierto. Algo así me ha sucedido mientras leía el libro Eucaristía y vida cristiana , de monseñor Echevarría. Refiriéndose a los momentos en que el hombre no acierta a percibir los valores espirituales de la tarea profesional, comenta: “De ahí se sigue que, con demasiada frecuencia, no se sepa amar con el trabajo, y que la labor brote mermada por un defecto fundamental”. A continuación escribe unas palabras de san Josemaría que constituyen la fuente de esta afirmación: “El hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor, se ordena al amor” ( Es Cristo que pasa ).

Es obvio que esta maravillosa idea, unida a la creación y reavivada con la redención, no es participada ni vivida por muchos. Otros la realizan con poca consciencia. Basta pasar páginas de internet para ver que, al hablar del trabajo, atraen más la atención otros problemas: técnicos, económicos, conflictos, paro, o una antropología en general pobre, casi limitada a las relaciones laborales, muy poco centrada en el crecimiento de la persona, sin horizontes. Menos se dice aún del ejercicio de las virtudes en el trabajo y de su trascendencia y valor santificador.

En la web de escritos del fundador del Opus Dei, la palabra trabajo aparece un número incontable de veces, cosa razonable porque el trabajo es el quicio sobre el que se apoya la santidad del cristiano según el espíritu de esta prelatura de la Iglesia católica. Sin embargo, da que pensar la realidad de su influencia aún pequeña en el conjunto del cuerpo social. Las razones pueden ser múltiples, pero la evidencia es que resta mucho que hacer para valorar adecuadamente la tarea profesional tanto desde el punto de vista humano como mirando a la trascendencia. Y esa frecuente merma sucede después del Concilio Vaticano II, que revalidó esta doctrina en diversos momentos y de variadas formas.

Amar el trabajo es algo de tanto calado, es de tal densidad, que contiene una enorme fuerza transformadora de la sociedad. Si se sustituye el puro economicismo, la competitividad desmesurada, la infravaloración de determinadas profesiones, la desconsideración del trabajador, etc., por el amor en la tarea, el mundo cambiaría notablemente. Toda una asignatura pendiente para agentes de pastoral, educadores, empresarios, políticos y, en general, para cualquiera que realiza una labor en el inmenso panorama laboral. Se puede hablar de una vocación humana al trabajo: el Génesis dice que Dios creó al hombre para que trabajara. “Las tareas profesionales –también el trabajo del hogar es una profesión de primer orden– son testimonio de la dignidad de la criatura humana; ocasión de desarrollo de la propia personalidad; vínculo de unión con los demás; fuente de recursos; medio de contribuir a la mejora de la sociedad, en la que vivimos, y de fomentar el progreso de la humanidad entera...” ( Forja ). Además, a los cristianos les da ocasión de actuar como auténticos testigos de Cristo que, siendo un trabajador, dotó a todas las actividades humanas con la capacidad de reflejar un algo divino, de ser santificadoras de uno mismo y de los otros. Así, la categoría de un empleo no la otorga su relevancia social sino el empeño por realizarlo bien y en servicio de Dios y del prójimo.

El progreso, pues, el desarrollo de los medios que permiten el avance de la ciencia, de la técnica, de la dignidad de las mujeres y hombres en el trabajo, es motivo de alegría y de ahondar en la profesión. También la ética profesional es siempre vía de adelanto y de riqueza pues, si falta, el presunto avance se vuelve contra el hombre, es retroceso de su misma esencia; entre otras razones, porque, como se decía en la encíclica Laborem exercens , la finalidad principal del trabajo no se mide por el producto del mismo, sino porque edifica al sujeto que lo realiza. Visto así, ni el trabajo ni sus exigencias éticas son una carga soportada de mala gana, sino tarea que engrandece a la persona, por hacerla colaboradora de Dios, y es garantía de impulso social.

Amar con el trabajo es fomentar la humildad frente al orgullo en la labor realizada, el espíritu de servicio frente a la prepotencia, la tarea bien hecha frente a la chapuza, la constancia frente al destello artificial, el trato amable frente al mal genio, la profundidad frente a la ligereza, la cordialidad frente a la relación fría, la laboriosidad frente a la pereza, la lealtad frente al chalaneo, la equidad frente a la injusticia, la templanza frente al despilfarro, la sinceridad frente a la mentira, la diligencia frente al retraso y la desidia, la creatividad frente a la rutina, el pensamiento frente a la irracionalidad, el buen gusto frente a la chabacanería... “Es toda una trama de virtudes la que se pone en juego al desempeñar nuestro oficio, con el propósito de santificarlo” ( Amigos de Dios ).

Si la única medida del amor es amar sin medida, con toda seguridad, amar con el trabajo tampoco tiene tope, lo que no significa el exceso laboral lesivo de otras obligaciones, como la familia, la práctica religiosa, el descanso necesario, etc. Es preciso trabajar mucho y bien para servir mucho y bien, pero sin el abuso –promovido por sí mismo o por otros–, que ya no sería amar con el trabajo sino trepar, encumbrarse o explotar a los demás, lo que no es precisamente amor.


Pablo Cabellos, Las Provincias, Valencia (España)