Documentación
Relatos biográficos

31 de agosto de 1937

Etiquetas: Guerra civil
Mons. Javier Echevarría recuerda esta fecha de la vida de san Josemaría en la que se pone de manifiesto su afán apostólico en momentos de persecución religiosa y graves dificultades.


Josemaría Escrivá en agosto de 1937
Josemaría Escrivá en agosto de 1937
“El Maestro nos ha dicho: euntes docete omnes gentes (Mt 28, 19); id por todo el mundo, enseñad el Evangelio a toda criatura. Y no nos deja solos: sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

Se comprende que a San Josemaría la tierra le resultara pequeña. Recuerdo —se lo oí contar— un episodio sucedido en abril de 1936. Había ido a Valencia para preparar el terreno de la primera expansión apostólica del Opus Dei fuera de Madrid, y allí planteó a un universitario la posibilidad de pedir la admisión en la Obra. Caminando y hablando se llegaron hasta la orilla del Mediterráneo. Aquel muchacho comentó: "¡Padre, qué grande es el mar!" La respuesta de San Josemaría fue inmediata: «Pues a mí me parece pequeño». Pensaba en otros mares y en otras tierras, adonde sus hijas y sus hijos deberían marchar en cuanto fuera posible, llevando consigo el espíritu recibido de Dios. Y este afán de almas lo alimentó hasta el último instante.

En aquellos momentos, por los avatares de la guerra civil española, no se pudo realizar la deseada expansión apostólica. No se desanimó; ni siquiera cuando, en agosto de 1936, se vio obligado a abandonar la casa donde vivía con su madre y sus hermanos, huyendo de la persecución religiosa que se había desencadenado.

Comenzaron entonces unos meses dificilísimos en los que nuestro Fundador se encontró al menos dos veces al borde del martirio. En esas circunstancias, se refugió en diversos lugares que le ofrecían una escasísima seguridad. Sin embargo, continuó ejercitando en lo posible su ministerio sacerdotal y ocupándose de atender espiritualmente a los primeros miembros de la Obra. Cuando el 31 de agosto de 1937 pudo abandonar el precario refugio donde había permanecido varios meses, se dedicó con nueva intensidad a su labor espiritual, arriesgando incluso la vida; una tarea que ya atendía en el escondite del Consulado de Honduras. Los frutos de esa siembra no se perdieron; aparte de que ya entonces fueron copiosos, se recogerían con abundancia más adelante.

Como tantos sacerdotes de su tiempo, el Fundador del Opus Dei, durante la guerra civil española, tuvo que refugiarse en distintos domicilios particulares en Madrid, en los que sólo podía estar durante algunas horas o días porque amparar a un sacerdote, en aquellas circunstancias, equivalía a firmar la propia sentencia de muerte.

Al fin, en marzo de 1937, encontró un asilo relativamente estable en la Legación de Honduras donde permaneció varios meses. De allí, recuerda su hermano menor, Santiago Escrivá, “comíamos muy poco. Josemaría menos que los demás porque había días que no comía nada o muy poca cosa, como mortificación, para ofrecerlo a Dios. Estaba tan consumido que cuando fue a visitarnos mi madre, al principio de su estancia, sólo le reconoció por la voz”.

En el mes de agosto obtuvo al fin una precaria documentación que le permitió circular con cierta libertad por Madrid y seguir su labor apostólica, hasta que salió de esa zona de España.