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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer

En la calle de Jorge Manrique

Etiquetas: Historia, Madrid, Opus Dei, Mujer
A finales de 1940 alquilaron un piso pequeño en la calle Castelló, para hacer una labor apostólica, mientras todas seguían viviendo con sus familias. Lo instalaron como pudieron, llevando muebles de casa de sus padres. Pero la experiencia duró poco: no parecía prudente que un sacerdote joven acudiese asiduamente a un piso, en el que no vivía nadie, para formar a un grupo de chicas también jóvenes... Por esta razón, en diciembre de ese mismo año, abandonaron ese piso y comenzaron a ir a la calle de Lagasca, esquina con la de Diego de León, donde se había abierto un nuevo Centro de la Obra. A una zona independiente de esta casa se trasladó también la familia de don Josemaría. Dentro de esta zona –con plena separación de los varones– pudo atenderlas. Así se fueron formando estas nuevas asociadas del Opus Dei.

Pronto vinieron otras. Y se vio la conveniencia de organizar otro Centro de la Sección femenina de la Obra. Comenzó a funcionar en el verano de 1942, en la calle de Jorge Manrique.

La labor era aún incipiente, pero el panorama apostólico estaba bien definido. Don José Luis Múzquiz recuerda las explicaciones que daba el Fundador de la Obra en 1943 a los socios que iban a ser sacerdotes, y tendrían que atender espiritualmente a las asociadas del Opus Dei, que debían santificarse y hacer apostolado en su propia profesión u oficio. Unas pocas se ocuparían de los trabajos –trabajos profesionales– propios del cuidado y administración de los Centros de la Obra. La Sección de mujeres, además de los que tenía la Sección de varones, haría algunos apostolados propios: labor con campesinas, con bibliotecas circulantes, etc.

El Fundador de la Obra se entusiasmaba con esas labores que en el futuro llevarían a cabo las asociadas. Rezaba, hacía rezar, y ofrecía mortificaciones y penitencias para que la labor se desarrollara cuanto antes. Con paciencia infinita, se dedicaba a formar a aquellas mujeres. Soñad, y os quedaréis cortas, les alentaba. Infundía en ellas una fe gigante, pues humanamente apenas había nada. Pero tenía la seguridad –fiándose sólo de Dios– que la labor se extendería por todo el mundo. Y les consolaba ante las incomprensiones y contradicciones que no podían faltar: Si no encontráis la Cruz –le oyó don José Luis Múzquiz una vez que bendecía a una de ellas antes de salir de viajes señal de que no vais bien, pues no habréis encontrado a Jesucristo.

Desde el primer momento –lo cual no deja de ser un tanto insólito en aquella época– se ocupó de su formación doctrinal religiosa. Según relata Encarnación Ortega, en 1943, cuando en aquel Centro de la calle –del Seminario de Madrid– que nos daba clases de Teología y de canto gregoriano”.


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Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo


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