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Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer
El cimiento del Opus Dei
El dolor de los enfermos de aquel hospital fue cimiento inconmovible del Opus Dei. María Ignacia rezaba por la Obra desde que, en los últimos meses de 1931, don José María Somoano Berdasco le rogó:
–María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días: es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana y siempre.
Don José María Somoano alentaba a muchos enfermos a ofrecer sus sufrimientos por aquella intención: y por ésta padecían sus molestias, ofrecían operaciones dolorosísimas, o comían cuando no tenían apetito. “De noche –anota María–, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor”.
Una hermana de María, Braulia, se trasladó a Madrid al final de la enfermedad. María estaba “maravillosamente atendida espiritualmente por el Padre. Iban también a verla y a hacerle compañía otras chicas; algunas pertenecían a la Obra”.
Braulia registra las dificultades que tenía una de ellas para ir a dar el catecismo en un suburbio de Madrid, pues su familia se oponía a que fuese a barrios tan peligrosos entonces. Se acuerda también de otra, que mecanografiaba unos guiones, para ayudar a María a hacer la meditación, recogiendo en ellos los temas espirituales tratados en las reuniones que tenían.
Este grupo de mujeres sufriría mucho al iniciarse la guerra de España en julio de 1936. Perdieron contacto con el Fundador. Además, en la confusión de aquellos dramáticos momentos, les llegó la noticia de que había muerto. Algunas no volverían a verle nunca más, convencidas de su fallecimiento. A otras, al terminar la guerra, don Josemaría les hizo comprender que no tenían vocación para la Obra: no por falta de vibración espiritual, sino porque en esos años de alejamiento físico llegaron a inclinarse hacia modos de ser y actuar propios de la vida religiosa, modos que son santos para quienes Dios da esa vocación, pero no para quienes llama a servirle en el mundo.
Entretanto, el Fundador de la Obra había recomenzado su actividad, centrándola sobre todo en las hermanas de los chicos que eran socios de la Obra o estaban muy encariñados con ésta. Surgieron así vocaciones para la Sección femenina de la Obra, ya durante la guerra.
Al terminar la contienda, ya de nuevo don Josemaría en Santa Isabel, fueron por allí a confesarse. Pero muy pronto se trasladó a la calle de Jenner, donde –en un piso distinto al de la residencia de estudiantes– vivió con su madre y con sus hermanos.
Fue en esta casa de la calle Jenner donde Lola Fisac le oyó describir a fondo el Opus Dei: “Me pareció sobrecogedor y precioso. Me asustó un poco”. Porque, aun cuando eran pocas, ya les planteaba la Obra en toda su extensión futura por el mundo. Y entonces, por no tener, no tenían ni siquiera un sitio donde reunirse.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
–María: hay que pedir mucho por una intención, que es para bien de todos. Esta petición no es de días: es un bien universal que necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana y siempre.

Sala de enfermos del Hospital de Carlos III (antiguo Hospital del Rey)
Don José María Somoano alentaba a muchos enfermos a ofrecer sus sufrimientos por aquella intención: y por ésta padecían sus molestias, ofrecían operaciones dolorosísimas, o comían cuando no tenían apetito. “De noche –anota María–, cuando los dolores no me dejan dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a Nuestro Señor”.
Una hermana de María, Braulia, se trasladó a Madrid al final de la enfermedad. María estaba “maravillosamente atendida espiritualmente por el Padre. Iban también a verla y a hacerle compañía otras chicas; algunas pertenecían a la Obra”.
Braulia registra las dificultades que tenía una de ellas para ir a dar el catecismo en un suburbio de Madrid, pues su familia se oponía a que fuese a barrios tan peligrosos entonces. Se acuerda también de otra, que mecanografiaba unos guiones, para ayudar a María a hacer la meditación, recogiendo en ellos los temas espirituales tratados en las reuniones que tenían.
Este grupo de mujeres sufriría mucho al iniciarse la guerra de España en julio de 1936. Perdieron contacto con el Fundador. Además, en la confusión de aquellos dramáticos momentos, les llegó la noticia de que había muerto. Algunas no volverían a verle nunca más, convencidas de su fallecimiento. A otras, al terminar la guerra, don Josemaría les hizo comprender que no tenían vocación para la Obra: no por falta de vibración espiritual, sino porque en esos años de alejamiento físico llegaron a inclinarse hacia modos de ser y actuar propios de la vida religiosa, modos que son santos para quienes Dios da esa vocación, pero no para quienes llama a servirle en el mundo.
Entretanto, el Fundador de la Obra había recomenzado su actividad, centrándola sobre todo en las hermanas de los chicos que eran socios de la Obra o estaban muy encariñados con ésta. Surgieron así vocaciones para la Sección femenina de la Obra, ya durante la guerra.
Al terminar la contienda, ya de nuevo don Josemaría en Santa Isabel, fueron por allí a confesarse. Pero muy pronto se trasladó a la calle de Jenner, donde –en un piso distinto al de la residencia de estudiantes– vivió con su madre y con sus hermanos.
Fue en esta casa de la calle Jenner donde Lola Fisac le oyó describir a fondo el Opus Dei: “Me pareció sobrecogedor y precioso. Me asustó un poco”. Porque, aun cuando eran pocas, ya les planteaba la Obra en toda su extensión futura por el mundo. Y entonces, por no tener, no tenían ni siquiera un sitio donde reunirse.
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Acceso directo a los capítulos
Presentación
Capítulo Primero: Una Familia Cristiana
Capítulo Segundo: Vocación al sacerdocio
Capítulo Tercero: La fundación del Opus Dei
Capítulo Cuarto: Tiempo de amigos
Capítulo Quinto: Corazón Universal
Capítulo Sexto: El resello de la filiación divina
Capítulo Séptimo: Las Horas de la Esperanza
Capítulo Octavo: La libertad de los hijos de Dios
Capítulo Noveno: Padre de familia numerosa y pobre
Epílogo
Gracias a la autorización expresa de Ediciones Rialp ha sido posible recoger esta publicación en formato electrónico en la presente página web.
Relación de contenidos
- Clases en la Academia Cicuéndez
- Capellán de las las Damas Apostólicas
- Millares de horas confesando niños
- Capellán de las Agustinas Recoletas del Monasterio de Santa Isabel
- Los enfermos más desamparados
- Don José María Somoano
- Todo lo tenía que hacer el Padre
- Trabajar con una sonrisa
- ¿Virtud sin orden? –¡Rara virtud!
- Las pupilas que ha dilatado el amor
- Dios creó al hombre para trabajar
- El trabajo es enfermedad incurable para los del Opus Dei
- La santificación del trabajo
- Amar el propio trabajo profesional
- El ejemplo de Jesús en Nazareth
- La santidad no es cosa para privilegiados
- Como los primeros Cristianos
- Una verdadera mentalidad laical
- La materia prima
- Mujeres del Opus Dei
- 14 de febrero de 1930
- Dos borriquillos que tiran del mismo carro
- El inicio de la Sección femenina del Opus Dei
- María Ignacia García Escobar, la primera mujer del Opus Dei
- El cimiento del Opus Dei
- En la calle de Jorge Manrique
- La fundación del Opus Dei: hombres y mujeres
- La fundación del Opus Dei: La sociedad sacerdotal de la Santa Cruz
- Todos los sacerdotes del Opus Dei son hijos de mi oración
- El 14 de febrero de 1943
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