Testimonios

Hija mía, no me hagas más fotografías ¡y reza por mí!
Helena Serrano, Roma, Italia
11 de enero de 2009
Helena Serrano es una cordobesa afincada en Roma que vivió y trabajó más de dos décadas muy cerca de san Josemaría. Durante ese tiempo, con el aliento del fundador del Opus Dei, desarrolló una especial aptitud hacia la fotografía y recogió en testimonios gráficos parte de la historia del Opus Dei.Los comienzos como fotógrafa
Llegué a Roma en enero de 1954, con el fin de comenzar unos años de estudio a la vez que ayudaba en las múltiples tareas que se llevaban a cabo en la sede central del Opus Dei en Roma. Aquí encontré personas del Opus Dei de países y orígenes muy diversos, con lo que esto supone de riqueza y de contraste. Fue entonces cuando empecé a hacer fotografías por indicación del fundador del Opus Dei. San Josemaría tenía la mentalidad histórica de quien se sabe metido en una empresa sobrenatural destinada a perdurar mientras haya hombres sobre la tierra a los que recordar la llamada universal a la santidad y pensaba que a los que vendrían al Opus Dei a lo largo de los siglos les gustaría conocer cómo eran y cómo vivían los primeros.
También tomé muchas fotografías a san Josemaría, aunque no le gustaba. En no pocas ocasiones, me dijo con su tono simpático y fuerte de aragonés: “Hija mía, no me hagas más ¡y reza por mí!” O también: “¡Anda Helena, sé buena...!, haz fotos a las demás y a mí déjame en paz”. Sin embargo, don Álvaro del Portillo le animaba a ponerse a tiro, haciendo referencia a que era de justicia que sus hijos e hijas le conocieran bien. Por eso disponemos de muchas instantáneas suyas. Éstas junto con las horas de filmación de los encuentros que san Josemaría mantuvo durante su catequesis por España, Portugal y varios países de América Latina son un material valiosísimo. En una cultura de la imagen como la de nuestros días, ver la naturalidad con que predicaba lo que vivía ayuda mucho a comprender el espíritu que Dios le había dado.
“¡Tendremos que decir eso de cheese!”
La mayoría son fotografías tomadas en situaciones cotidianas muy distintas. Hay muy pocas de estudio, por así decir. En su rostro se aprecia una mirada de cariño, la atención con la que escucha a quien le habla... y, siempre, la sonrisa. San Josemaría vivía alegre, porque se sabía hijo de Dios, y contagiaba esa alegría a quienes tenía cerca. Se le notaba en la cara y en las fotos se percibe también cómo la transmitía a los demás. Hay una que yo llamo ‘la foto de la carcajada’. Estaba con una cuantas hijas suyas y, cuando aparecí con la cámara, sugirió: “ahora tendremos que decir eso de cheese”; lo dijo con tanta gracia que arrancó las risas de todos.
“¿Y tú quieres que yo sea un hipócrita?”
También existen muchas fotos de momentos en los que san Josemaría está rezando: en la Santa Misa, ante una imagen de la Virgen, besando una cruz, arrodillado delante del sagrario, con el Rosario en la mano… puedo decir que en ninguna de esas situaciones lo vi distraído y la cámara recoge con naturalidad esa atención exclusiva a Dios o a la Virgen.
El 6 de enero de 1972, quise registrar el momento - muy usual, cuando pasaba por esa zona de la casa- en que se detenía a besar una pequeña imagen de la Virgen de Loreto. Al verme allí, preparada para tomar la fotografía me preguntó: “Helena, ¿qué haces tú aquí?”. Le contesté que quería sacarle una foto besando a la Virgen. “¿Y tú quieres que yo sea un hipócrita... que haga la comedia de besarla... para que tú me fotografíes?”, continuó. Dudó un instante, pero enseguida me dijo: “No voy a ser un hipócrita, porque le voy a dar un beso de verdad... ¡un beso de los de verdad!”
Hay otras que reflejan muy bien la piedad de san Josemaría, por ejemplo, cuando en Navidad, besaba con ternura al Niño recién nacido, o lo cogía en sus brazos, lo acariciaba y le decía cosas.
Usted, sacó las últimas fotografías de san Josemaría en junio de 1975...
Nunca podré olvidar el momento en que me encontré arrodillada ante los restos mortales de san Josemaría el mediodía del 26 de junio de 1975. Por un instante pensé en la cámara de fotos pero no me sentía capaz. No habría hecho aquellas fotografías si no hubiera recibido el encargo de parte de don Álvaro del Portillo. Junto con Ana Lorente, realizamos el servicio fotográfico de aquellos días. Cuando el 27 de junio, poco antes del entierro, daba por terminado el deber filial de hacer fotos al Padre, una persona me sugirió: “Helena, las manos”. Volví a tomar la cámara y enfoqué aquellas manos suyas tan expresivas. Fue la última foto que le hice.

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